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La evolución del concepto de la memoria de testigos
El concepto de la memoria de testigos se remonta a los antecedentes originarios del Derecho recogidos por la Psicología del Testimonio, después del crecimiento de la demanda de psicólogos en la administración de justicia (Manzanero, 2010).
Ya en el siglo XX, el pionero de la psicología aplicada Hugo Münsterberg (1908) citado por Migueles (2003), defiende el nacimiento de la Psicología del Testimonio desde un punto de vista experimental y aplicado al campo forense como herramienta para valorar con certeza la credibilidad y exactitud del testimonio citado por los testigos de delitos y accidentes. Según Migueles (2003), “el asesoramiento de psicólogos era indispensable para que los jueces pudieran desenvolverse en un campo ajeno al suyo como era el de la percepción y la memoria humana y de esta manera determinar la exactitud de los testigos”. Este periodo se caracterizó por las llamadas de atención que los juristas realizaban desde los laboratorios de Psicología con el propósito de resaltar los importantes errores que cometían los testigos, dada la relevancia del poder de sugestión introducido en los recuerdos y la necesidad de contar con el apoyo de los psicólogos como expertos para explicar el comportamiento humano (Migueles, 2003). Durante estas primeras décadas del siglo XX la Psicología del Testimonio creció y en gran medida por el aumento del número de publicaciones en el campo, , mejoraron los conocimientos sobre la detección de la mentira y la exactitud de la memoria de los testigos (Manzanero, 2010).
A finales de los años 70 del siglo pasado, comienzan a surgir nuevos enfoques de origen cognitivo centrados en las teorías del procesamiento de la información y la memoria es considerada como un sistema complejo con múltiples fases interrelacionadas (Ruiz Vargas, 2010). La función principal de estas teorías era investigar el aprendizaje por medio de la memoria mediante la adquisición de información, realizando operaciones para cambiar su forma y contenido, almacenar y por último generar una respuesta.
La aparición de las teorías del procesamiento de la información coincide con el aumento del número de investigaciones sobre Psicología del Testimonio. En el marco de estas teorías comienza a asumirse que, durante el procesamiento de la información, los testigos alteran las informaciones originales de forma involuntaria, cometiendo errores en sus declaraciones. La preocupación principal durante esta etapa era determinar las condiciones en que la exactitud era menor y desarrollar estrategias que la favorecieran (Migueles, 2003).
En la actualidad, la Psicología del Testimonio se ocupa tanto de investigar las condiciones que delimitan la exactitud de las declaraciones, como de los factores que afectan a la credibilidad de los testigos y sus testimonios (Migueles, 2003).

Función de la memoria
Según Ruiz-Vargas (2010), la principal función de la memoria es “dotar a las individuos de conocimiento necesario para guiar su conducta adaptativa con independencia de la complejidad de las situaciones”. Así, la memoria puede entenderse como una “adaptación biológica” que proporciona a los animales una base de conocimiento que sirve para guiar su conducta de forma eficaz e inteligente. Otros investigadores como Hawkins (2004) y Raichle (2006) citados por [MS4] Ruiz-Vargas (2010), entienden la memoria como un sistema que almacena las vivencias para poder predecir lo que se percibe.
La memoria es vital para adaptarse al medio, pero está sometida a una serie de restricciones biológicas que pueden afectar de diferente manera a cada persona pudiendo causar olvidos, falsos recuerdos y amnesia.
La memoria no almacena una copia exacta de los hechos, de modo que no tiene la capacidad de reproducir la información asociada al hecho delictivo. Por tanto, está sujeta a la comisión de errores, transformaciones y distorsiones de la información real (Migueles, 2003). Como consecuencia, puede jugarnos malas pasadas y recordar sucesos que nunca han ocurrido, construyendo y completando información ausente con el fin de dar cierta coherencia y ajustarse a la información real (Migueles, 2003). Por lo tanto, el testimonio de un testigo dependerá de su capacidad para recuperar información que previamente debe haber sido codificada y almacenada adecuadamente. En ocasiones, el testigo logrará recuperar dicha información mientras que en otras recuperará parte o nada.

Sistemas de la memoria
Ruiz-Vargas (2010) define la memoria como la solución evolucionista a las exigencias adaptativas de un medio variable e imprevisible. No obstante, la memoria no es entidad única sino que actualmente se entiende como un conjunto de sistemas de memoria. Por ejemplo, Atkinson y Shiffrin (1968) distinguen entre las características estructurales de la memoria y los procesos de control. Las características estructurales se refieren los componentes invariantes y permanentes de la memoria representados por tres almacenes diferentes: los registros sensoriales, un almacén a corto plazo (ACP) y un almacén a la largo plazo (ALP). Por su parte, los procesos de control se refieren a las actividades de carácter eventual que permiten al sujeto operar sobre la memoria y controlar el flujo de información (Ruiz-Vargas, 2010). Otra taxonomía de la memoria es la propuesta por Tulving (citado en Ruiz-Vargas, 2010), que define la memoria como una estructura organizada de componentes operativos elementales, cada uno de los cuales constaría de sus correspondientes correlatos conductuales y sustrato neural. Schacter y Tulving citado por Ruiz-Vargas (2010), proponen una clasificación de la memoria que incluye cinco sistemas diferentes: procedural, sistema de representación perceptual, memoria semántica, MCP, memoria operativa y memoria episódica, con varios subsistemas, substrato neural y tipos de recuperación explícita o implícita en función de la forma en que se codifica la información, (ver Anexo I).
Por su parte, Squire citado por Ruiz-Vargas (2010) propone distinguir dos subsistemas de procesamiento de la información dentro del sistema de memoria a largo plazo: una memoria declarativa y otra no declarativa. La memoria declarativa se define como la capacidad para adquirir, retener y recuperar consciente e intencionadamente eventos y conocimiento sobre el mundo. Es decir, se refiere al conocimiento proposicional o, dicho de otro modo, es el tipo de memoria que nos permite responder a cuestiones que implican "conocer qué". Se le llama declarativa porque sus contenidos pueden ser verbalizados. Por tanto, se trata de una memoria rápida, flexible y accesible a la recuperación consciente. Su sustrato neurológico se encontraría en el hipocampo.
En cuanto a la memoria no declarativa, reúne una colección heterogénea de capacidades que se expresan a través de la acción, y que no permiten el acceso a ningún contenido consciente de la memoria. No requieren de la participación del hipocampo, pero sí de otras estructuras cerebrales relacionadas con los hábitos y destrezas motoras. Este tipo de memoria se fundamenta en las acciones, reglas o ejecución de acciones, y respondería a la pregunta de "conocer cómo". Sus contenidos no pueden verbalizarse, se accede a ellos a través de la acción. Squire (1994), plantea una tercera clasificación distinguiendo la memoria implícita de la memoria explícita. La memoria explícita hace referencia a la recuperación consciente e intencional de la información, como la memoria episódica o autobiográfica, a diferencia de la memoria implícita que supone una recuperación inconsciente y no implica volver a reexperimentar experiencias.





Kueh (citado en Peinado, 2009) comprobó cómo afectan a la exactitud del recuerdo las condiciones en las que se producen los sucesos en un estudio en el que se valoraba la capacidad de las víctimas de delitos violentos para describir a sus asaltantes ante la policía. En su investigación, extrajo de los informes policiales de Seattle datos de los delitos ocurridos y se limitó registrar información de aquellos casos en los que la descripción del sospechoso era proporcionada únicamente por la víctima, concluyendo que las víctimas pueden hacer descripciones completas y tener una impresión general de cómo es el asaltante en función de las condiciones perceptivas en que se produce el incidente. No obstante, en dicha descripción no están presentes las características físicas (color del pelo, de los ojos…etc.) para la identificación del sospechoso. Es decir, son incapaces de dar detalles concretos con exactitud. En consecuencia, se considera que la exactitud del testimonio de un testigo está determinada tanto por las circunstancias que rodean al suceso sobre el que se testimonia como por las condiciones en que se toman las declaraciones a los testigos (Migueles, 2003). SEXO En un experimento realizado por Clifford y Scott (citado en Mira, 1984), se observó que los hombres recordaban más detalles de sucesos violentos que las mujeres, mientras que en el caso de un incidente no violento sucedía precisamente todo lo contrario: las mujeres eran quienes recordaban lo sucedido con más exactitud. Cuando se trata de reconocer a un sospechoso en lugar de narrar los hechos, existen pruebas a favor de que en esta tarea las mujeres sean más fiables que los hombres (Mira, 1984). Las mujeres reconocen una cara con mayor exactitud que los hombres, resultando que las caras que con más exactitud reconocen son precisamente las de otras mujeres Yarmey (citado en Mira, 1984) . También son mejores testigos que los hombres cuando se trata de realizar declaraciones sobre, ropas, acciones o la apariencia física, probablemente porque se fijan en cosas distintas a los hombres cuando ven a alguien (Migueles, 2003). Sin embargo, cuando la tarea que se solicita a los testigos es que reconozcan una voz desde detrás de una pantalla o teléfono, los varones reconocen mejor las voces que las mujeres tanto si eran masculinas como femeninas Mc Gehee , (citado en Migueles, 2003). EDAD Se puede afirmar que los niños tienen dificultad para actuar como testigos, ya que distorsionan su testimonio de muy diferentes formas (Migueles, 2003). Se ha observado que los niños son peores testigos que los adolescentes y que los adultos en el recuerdo de características faciales de delincuentes, si bien parece que no hay diferencias con los adultos cuando se trata de testimoniar sobre un suceso (Migueles, 2003). Según Diamond y Carey (citados en Loeches, Carvajal, Serrano y Fernández, 2004), en tareas de reconocimiento de personas, el rendimiento de los sujetos mejora con la edad hasta los 10 años, momento en el que la mejora debida a la edad se frena y no aumenta sino muy lentamente. La exactitud con la que los sujetos identifican a una persona se mantiene estable a partir de los diecisiete años aproximadamente. Independientemente de que los cambios madurativos necesarios para poder identificar a una persona se produzcan correctamente, es muy fácil que los niños se dejen influir por las personas que les interrogan Diamond y Carey (citados en Migueles, 2003). Por otra parte, parece que a partir de los sesenta años comienza un declive paulatino en la exactitud de los testimonios. Vematsu (citado en Migueles, 2003), llega a la conclusión de que los ancianos tienen un pobre recuerdo de las situaciones vividas y una excesiva susceptibilidad para ser influenciados por otras personas. Además, según Loftus (citada en Migueles, 2003), los mayores solo señalan a un “sospechoso” cuando están seguros de haber realizado la identificación positivamente. ESTEREOTIPOS Normalmente atribuimos intenciones a otras personas en función de su apariencia física Hochberg y Garper (citado en Migueles, 2003). Así, normalmente se considera a las personas atractivas físicamente como poseedoras de más características positivas que otras no tan bien parecidas. Bull y Green (1980), citados en Migueles (2003) investigaron el papel de los estereotipos en el reconocimiento de personas y llegaron a la conclusión de que no existen estereotipos concretos para los delitos de incendio provocado, hurto, violación y allanamiento de morada. En cambio para los delitos de asalto, robo a mano armada, apropiación indebida de vehículos, posesión ilegal de drogas, estafa, abusos, y atentados contra la moral, sí existen estereotipos asociados a rasgos faciales concretos. La importancia de este resultado estriba en que sabemos que, en ocasiones, los testigos se basan en estereotipos sobre los delincuentes o los conductores para testimoniar sobre un suceso, y por consiguiente, tenderán más a cometer errores de comisión coincidentes con sus ideas previas Bull y Green (1980). Por ejemplo, en estas condiciones es habitual que un testigo atribuya peso y altura promedio de la población; ojos azules por el hecho de ser rubio, o llevar vaqueros por ser universitario Bull y Green (1980). Según Diges (1988) citado en Migueles (2003), sostiene que los estereotipos sobre el sexo y edad de los conductores suelen estar relacionados con las descripciones de cómo sucedió el accidente, esta relación se ve reactivada en cada intento de recuperación de la información sobre el accidente. De tal modo que, cuando un testigo no puede contar con la información real sobre una persona o un suceso, es muy probable que cometa “errores de comisión” en las declaraciones. Es decir, que recuerde información que no es real, pero que él considera “probable” en base a sus concepciones estereotipadas. LENGUAJE UTILIZADO POR EL INTERROGADOR Varios estudios sugieren que el tipo y formas de lenguaje utilizado para tomar la declaración a un testigo afectan a la exactitud de su testimonio. Por ejemplo, Marquis, Marshall y Oskamp (citados en Migueles, 2003) realizaron un experimento en el que estudiaron la seguridad y exhaustividad del testimonio al interrogar al testigo de distintas formas, concluyendo que el recuerdo libre aseguraba la exactitud a costa una pérdida de matices en el testimonio, y que las preguntas estructuradas con formato cerrado y respuesta predeterminada proporcionaban más detalles aunque con menor seguridad de que hubieran ocurrido realmente. Cuando el interrogatorio se hizo con preguntas semi-estructuradas (mezcla de formato cerrado y abierto de libre respuesta), los testimonios fueron mucho más completos, aunque un poco menos exactos que en el recuerdo libre. Por otro lado, Smith, Pleban y Shaffer (citados en Migueles, 2003 p.395), señalan que “la atmósfera en que se realiza el interrogatorio influye en la exactitud del testimonio, puesto que induce al testigo hacia determinada declaración o le anima a dar más información con riesgo de que cometa errores de comisión”. También se han investigado otros dos aspectos que afectan al testimonio: la secuencia en que deben realizarse las preguntas y el efecto de preguntas “falsas” en posteriores respuestas. Morris y Morris (citado en Migueles 2003) concluyeron que la forma en la que se asegura una mayor exactitud del testimonio es aquella en la que, al interrogar al testigo, las preguntas se ordenan según la secuencia temporal del suceso. En cuanto al efecto de preguntas “falsas” en posteriores respuestas, Loftus (citado en Migueles 2003), al introducir preguntas “falsas” durante un interrogatorio y preguntar a los mismos testigos un tiempo después, comprobó que las preguntas falsas tenían un efecto nocivo sobre la exactitud de los testigos, de tal modo que estos tendían a incorporar la información falsas de las preguntas originales a su nueva declaración, dando por supuestos detalles que nunca estuvieron presentes.