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Homicidio de Pareja (HP): Según Cerezo (1998) “Es un término que comprende a aquellos homicidios que tienen lugar entre personas que mantenían o habían mantenido antes de la comisión del delito una relación de tipo afectivo- sexual durante un cierto periodo de tiempo”.
De acuerdo con Winstock (2007) citado en (A. Company, M.Á. Soria, 2015) se diferencia de homicidio por violencia contra la mujer (HVCM), por su base estructural, en este caso el homicidio puede suceder por parte de los dos miembros de la pareja y no únicamente por parte del hombre a la mujer.
Los autores A. Company, M.Á. Soria (2015) consideran que los homicidios en la pareja se caracterizan mayoritariamente por tener una sola víctima, ser impulsivos y situacionales, cometerse por parte de personas que reaccionan agresivamente a determinados estímulos, son homicidios que no se han planificado previamente, forman parte de reacciones emocionales ante situaciones adversas o conflictos derivados de la interacción interpersonal con la víctima.
El estudio realizado por Häkkänen-Nyholm et al. (2009) compara las diferencias de homicidio de pareja según el sexo: Los resultados destacan que los niños víctimas fueron casi siempre asesinados por mujeres. Las mujeres se relacionaron por tener cierto desapego emocional con la víctima miembro de la familia. Las conductas de estas mujeres homicidas después de cometer el delito se relacionaron con la búsqueda de ayuda y el arrepentimiento mientras que el comportamiento del hombre delincuente se relacionó con la ocultación del cuerpo de la víctima conocida. Y este último utiliza más armas de fuego que las mujeres.
Homicidio por Violencia Contra la Mujer (HVCM): Es un concepto que procede del fenómeno de la violencia contra la mujer.
Las Naciones Unidas consideran que la violencia contra la mujer es “todo acto de violencia de género que resulte o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico  para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.
Del fenómeno de la violencia contra la mujer en su última instancia puede causarle la muerte, de aquí el concepto de femicidio.
Según Fernández (2012), se trata de un nuevo concepto político, construido y posicionado por un colectivo de organizaciones de mujeres utilizado para denunciar la violencia contra las mujeres. La autora considera que el femicidio es el asesinato de las mujeres por razones asociadas a su género y que derivan generalmente de causas culturales, políticas y sociales resultado de las relaciones estratégicas de poder, dominación y privilegio de los varones con respecto a la mujer. Desde esta perspectiva las mujeres víctimas del femicidio son aquellas que mueren a causa de violaciones, torturas, mutilación genital, incesto, abuso físico y emocional, acoso sexual, uso de las mujeres en la pornografía, explotación sexual, violación conyugal, esterilización o maternidad forzada, trata, abortos ilegales (Fernández, 2012).
Sin embargo, el termino femicidio no tiene cabida en la legislación española, por un lado aparece el termino homicidio reconocdido como un delito en el artículo 138 de la Ley Orgánica del Código Penal presente en el BOE, “el que matare a otro será castigado con pena de prisión de diez a quince años”.
Y por el otro lado la legislación española hace referencia a la Violencia de Género según lo establecido por la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género: “se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”.

El objeto de la ley es: “actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia”.




El informe sobre víctimas mortales de la violencia de género y de la violencia doméstica en el ámbito de la pareja o expareja en el 2013 presentado por el Consejo General de Poder Judicial señala que la violencia de género se trata de un fenómeno que afecta a las mujeres independientemente de la clase social a la que pertenezcan, grupo étnico, edad y nivel de estudios, según los datos recogidos en el 2013 con respecto al perfil de la víctima.
La edad de las víctimas mortales durante los años 2010, 2011, 2012 y 2013 se concentra entre los 26 y 45 años, representando un 64,80% del total, sin embargo la cifra de víctimas mortales va disminuyendo conforme aumenta la edad y en especial entre los 56 y 65 años tal y como aparece en el informe de víctimas mortales por violencia de género del año 2013 en el CGPJ.
Otro de los aspectos que destaca el informe de víctimas mortales por violencia de género del año 2013 en el CGPJ es la relación de parentesco o de afectividad: “el 59,30% de las víctimas mortales mantenía la convivencia o relación afectiva con su presunto agresor en el momento de la muerte” Además indica que la gran mayoría de víctimas son españolas el 74% frente al 24%  de nacionalidad extranjera.
Baca, Echeburúa y Tamarit (2006), afirman que no existe una personalidad de mujer maltratada, más bien se construyen unos rasgos de personalidad en consecuencia de la relación violenta mantenida y que pueden desaparecer cuando consiguen salir de la relación violenta con ayuda psicosocial y conforme va pasando el tiempo.
Las investigaciones demuestran que la educación no evita la violencia, pero en su conjunto las mujeres maltratadas tienen menor nivel educativo, también tienen asumido su rol sexual al igual que las obligaciones que se derivan de él. Mantienen una serie de creencias sexistas “fruto de un determinado proceso de socialización” (Baca, Echeburúa y Tamarit, 2006).
Los autores Baca, Echeburúa y Tamarit (2006) señalan que, a raíz de las consecuencias producidas por la relación violenta, la mujer maltratada desarrolla nuevas sensaciones, pensamientos y comportamientos:
Sensación de amenaza incontrolable a la vida y a la seguridad personal, violencia repetida mezclada con períodos de arrepentimiento y ternura que suscitan en la mujer ansiedad con respuestas de alerta.
Aislamiento social, a causa de una mayor dependencia hacia el agresor, quien va experimentando un aumento de dominio a la vez que la víctima con su soledad.
Sentimiento de culpa, las víctimas se autoinculpan de su situación, justifican su maltrato por haber provocado con sus comportamientos determinadas situaciones.
Depresión y sentimientos de baja autoestima, ofrecen un cuadro de debilidad psíquica y deterioro de toda su personalidad, disminuyen los recursos personales por el amedrantamiento que se apodera de ellas, con pérdidas de asertividad, son más inseguras e incapaces para tomar decisiones, rinden peor profesionalmente, son menos capaces de concentrarse , tienden a embotarse emocionalmente como mecanismo de autoprotección, reprimen sus sentimientos y emociones para que no sean motivo de tensión y sus creencias de su imagen personal son negativas.
Pérdida de vida saludable, debido a la situación de vida estresante frecuentan dolores de cabeza y problemas gastrointestinales.
De acuerdo con los trabajos recogidos por Straus y Gelles (1990) citados en (Ortiz y García, 2008), las mujeres maltratadas sufren el doble de dolores de cabeza que las mujeres que no han sido maltratadas, más síntomas de depresión y de intentos suicidas.
Dicho cuadro sintomatológico no termina aquí, pues también ocasiona importantes secuelas de carácter psicológico en los hijos (Baca, Echeburúa y Tamarit, 2006).
Silva, Rodríguez, Cáceres, Martínez y Torres (1996) citados en (Ortiz y García, 2008) (24), investigaron que las mujeres víctimas de violencia doméstica han establecido el siguiente sistema de creencias: “Visión pobre de sí mismas, definen el respeto de buena esposa por la aceptación o rechazo de familiares y amigo, piensan que si se separa de su esposo este la puede matar, tienen la expectativa de que el marido cambie, se perciben incapaces de afrontar solas la situación económica, cierta inseguridad hacia la maquinaria de justicia criminal de que pueda proveerle la protección necesaria, creen que una mujer separada o divorciada pierde valor, se visualizan incapaces de gestionar empleo si tienen niños pequeños”.
Otro dato importante es el de reincidencia en las relaciones violentas de pareja obtenido en el estudio de Aponte, Corsino, González y Maldonado (1999) citados en (Ortiz y García, 2008), el 50% de las 68 mujeres entrevistadas por ser víctimas de violencia de género reincidieron en relaciones violentas de pareja.
El trabajo de González y Gimeno (2010), demuestra los resultados específicos sobre el perfil de  mujeres víctimas de violencia de género que reciben una ayuda social, a diferencia de las mujeres que no reciben la ayuda social tras una muestra representativa de 292 mujeres valencianas con incidencia en violencia de género, indica que el 37,3% reciben ayudas sociales. La gran parte de mujeres maltratadas pertenecen el 58,3% a la etnia paya mientras que el resto son de etnia gitana o inmigrantes. En cuanto al estado civil de las víctimas predominan las mujeres que están separadas y solteras sumando el 82,50%, al igual que más de la mitad de las 163 familias monoparentales ha sufrido malos tratos exactamente el 69,70% de mujeres. Otro indicador que influye en el perfil de la víctima es la situación laboral, el 81,7% de las mujeres maltratadas están en una situación de desempleo, de las mujeres maltratadas que ejercen una actividad laboral el 62,3% se dedica a cuidados de ancianos, servicios domésticos y limpieza. El estudio señala la importancia del apoyo familiar y social, el 45% de mujeres maltratadas no tienen un apoyo social, siendo el porcentaje más alto a diferencia de aquellas otras mujeres maltratadas que reciben un apoyo social ocasional, variable, frecuente o siempre, lo mismo ocurre con el inexistente apoyo familiar que refleja el trabajo de González y Gimeno (2010), el 30,3% de mujeres maltratadas no reciben apoyo familiar, se trata del porcentaje más alto en comparación con el de mujeres maltratadas que lo reciben ocasionalmente, de manera variable, frecuente o siempre. El último indicador significativo es la falta de asistencia psicológica en las mujeres maltratadas del 84,3% frente al 15,7% de mujeres maltratadas que si asisten a salud mental.

Si bien es cierto, las investigaciones demuestran que es difícil dar con un perfil que caracterice a toda víctima de violencia de género al tratarse de un fenómeno social y universal, pero si existen indicadores que aumentan las probabilidad de correr el riesgo de ser víctima de violencia género como por ejemplo la pertenencia a determinado grupo étnico, ser inmigrante, de clase social muy humilde o pobre, bajo nivel educativo, situación laboral de desempleo o trabajos relacionados con el cuidado de ancianos o el de empleada de hogar, carecer de apoyo social y familiar, ser familia monoparental, ser una mujer de mediana edad y tener creencias de carácter machista.